Frente a un contexto cada vez más digital e inmediato, no es de extrañar que los objetos físicos que ponen en valor el diseño humano y el disfrute sin prisa se encuentren triunfando en nuestra sociedad. Desde los discos de vinilo hasta los Cuban mini cigars, lo analógico se convierte en un producto premium.
Si crees que la definición de «premium» se basa en hacerse con los productos más costosos y modernos, piénsalo de nuevo. El concepto de «producto premium» ha experimentado una transición en los últimos años: ya no se trata de comprar lo más caro, sino de recuperar rituales sencillos.
Menos hiperconectividad, más intimidad
Alejarse de las redes sociales, las «smart homes» y la automatización extrema. Esa es la revolución que se produce entre las personas que valoran las experiencias auténticas. Si antes el algoritmo marcaba el paso y nos decía qué música escuchar o qué serie ver, ahora elegimos productos físicos que nos permiten desconectar del mundo digital y relacionarnos de nuevo con el mundo real.
Este rechazo por la hiperconectividad ha pasado de ser una tendencia a convertirse en todo un símbolo de estatus: la sofisticación se mide a través de nuestros objetos y rituales analógicos. No se trata de nostalgia, sino de recuperar el valor de lo sencillo. Escuchar un vinilo o degustar un Trinidad Wide Short responden a esa necesidad de desconectar y de encontrar calma, quietud e intimidad.
Reconectar con los sentidos
¿Qué tienen en común los teléfonos con cable, los relojes mecánicos o las cámaras de foto con película? Muy fácil: la interacción sensorial. Estos objetos nos invitan a tocarlos, descubrir la textura de sus materiales y sentir su peso en las manos. Son mucho más que herramientas: son un estímulo que activa nuestro cerebro de una forma distinta y mucho más natural que una pantalla.
Si hablamos de estímulos sensoriales, no podemos olvidarnos de nuestros minis cubanos. Para disfrutar de un Cohiba Wide Short, por ejemplo, intervienen los cinco sentidos: no solo apreciamos su diseño y degustamos su sabor, sino que también percibimos su aroma y su textura. Es un ritual que requiere tiempo y que favorece la conexión con otras personas, la propia introspección y la tan necesaria mini pausa en el ritmo frenético del día a día.
Ante todo, lo humano
Pero si hay algo que distingue lo analógico es su carácter humano. En un mundo cada vez más volcado en inteligencia artificial, un objeto físico con el que interactuar reivindica el valor de aquello de nace de las manos y la creatividad de las personas. Lo tangible nos conecta con lo intangible: las emociones, la creatividad y la conexión humana.
Este diseño humano se hace presente al pasar las páginas de un libro, al relevar una foto Polaroid o al encender un Partagás Club, cuya materia prima es fruto de un proceso de cultivo que requiere el conocimiento y el trabajo que solo pueden llevar a cabo personas.
Podemos afirmar, por tanto, que lo premium ya no se limita a la adquisición de productos de alto valor, sino que también valora la experiencia analógica que los mismos nos dan. Una experiencia que se construye a través de los sentidos y de la desconexión digital. Dentro de estas vivencias analógicas que abogan por la sencillez, encontramos pequeños rituales que reivindican la calma y la introspección, como es disfrutar de nuestros minis cubanos favoritos.




